Hay despachos que parecen lugares de trabajo y despachos que parecen escaparates ideológicos. El de Abascal pertenece claramente al segundo grupo: una acumulación de símbolos, banderas, gestos patrióticos y guiños españolistas que intenta transmitir autoridad, pero acaba mostrando una pobreza política bastante reveladora.
La ultraderecha habla de España como quien llena una habitación de estampitas para no tener que hablar de vivienda, salarios, cuidados, desigualdad, memoria democrática o derechos sociales. Cuando todo el discurso cabe en una bandera, un mapa, un lema y una pose de orden, la política se convierte en decoración nacionalista.
Lo ridículo no está solo en la estética recargada, sino en lo que revela: una visión de España convertida en fetiche, repetida hasta el cansancio porque no hay casi nada más que ofrecer. Mucho símbolo, mucha patria, mucha testosterona de despacho; poca vida real.
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| El despacho de Abascal. Propuesta de decoración franquista |


